lunes, 19 de abril de 2010

Deporte Extremo (Fin)

El Espantado nos guió sabiamente hasta donde estaban guardados los centenarios y fue relativamente fácil sacarlos, solo que no contábamos con un pinche perro que se nos abalanzó, pero el Camello era riata, lo recibió con un patadón marca lloraras que lo proyectó contra una vitrina haciendo un ruidero de los mil demonios. Las luces se encendieron, iluminando nuestro estupor, la adrenalina recorrió todo mi sistema circulatorio, envenenando la sangre que llegaba al corazón, intoxicándolo de tal manera que me sentí capaz de todo, el miedo que sentía me gustaba, me espoleaba, me despertaba, el robar debería ser catalogado deporte extremo.

Afuera vimos al Llorarás tirado en la banqueta, haciéndose el borracho, era su forma de escapar porque su gordura no lo dejaba correr. Oímos a lo lejos el ulular de las patrullas corrí con el alma, invocando a San Dimas, nuestro patrón, a San Juditas, defensor de las causas difíciles y a mi Virgencita de Guadalupe que nunca me ha fallado, pero sobre todo, mentándole la madre a la policía.

Los destellos de colores de las torretas tasajeaban nuestras sombras, iluminando nuestras espaldas con un arcoíris nocturno, que en nada se parecía al del cielo, que era de Dios, sino provocado por la ira del infierno. Doblábamos calles con la velocidad de una motocicleta, nuestros pies eran impulsados por nuestro amor a la libertad y en el caso del Espantado y el mío, espoleados por nuestros diecisiete bien vividos años.

De repente el estruendo de una bala rasgó nuestros oídos y al rato mas balas golosas buscaban nuestra carne, queriendo anidar y retoñar dentro de nosotros, silbando una canción macabra, que en vez de asustarnos nos motivaba a correr. ¡Tierra a la vista! Siempre me daba gusto ver el cochambre de mi colonia, era la visión de la tierra prometida. Los pitufos nos pisaban los talones, cuando por fin entramos a una vecindad supimos que estábamos a salvo. Todavía las luces multicolores destellaban sobre los edificios y las sirenas aullaban como perras en celo, buscando macho. ¿Qué hice con el dinero que me tocó? No me acuerdo, pero a los diecisiete años seguro los gaste en tocadas, chelas y mota y una buena parte para mi jefecita, que aunque mi jefe estaba encerrado en la grande, a ella y a mis carnalitos nunca les faltó nada.

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